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Archive for 27 julio 2007

Solesilla

Ésta no es la sillita de la reina, que nunca se peina, ni la de la que sí lo hace; tampoco, la última silla del juego de las sillas. No es la ganadora, no es la mejor ni las más hermosa; ésta es una silla corriente, pequeña y humilde que en nada se diferencia de las demás.

Solesilla, así la llaman en el barrio, apareció hoy hace dos años, en la esquina de la calle Cura la Junta; alguna pareja, estando de mudanzas, debió dejarla con otros muebles pero a ella, a diferencia del armario, el diván, el televisor o el somier, no se la llevó nadie; ni siquiera los okupas de la zona.

– Buenos días, Solesilla. ¿Qué tal estás hoy?- le preguntó la sra. María sentándose en ella-. Hoy es ocho de mayo, un día triste, ¿no? Parece mentira, a estas alturas sigo sin entenderlo. No estás en mal estado, tu madera se conserva bastante bien y apenas tienes carcoma.

– No se preocupe, Sra. María.

– Si por mí fuera te hubiera subido ya a mi casa pero ya sabes cómo es Paco, odia estas cosas, dice que solo la “gentuza” recoge cosas de la calle…

– Estoy bien.

– Bueno querida, tengo que hacer la comida, que luego los niños me llegan tarde al trabajo. Desde que Cecilia se separó de su novio, come todos los días en casa y yo, encantada, la verdad; le hacía falta engordar unos cuantos kilos, se estaba quedando en los huesos por culpa de ese maldito chico. Y José dice que no puede pasar sin las comidas de su mami preferida. Ais, ¡me van a matar entre todos!

– Y usted, bien contenta de tenerlos en casa. Que pase un buen día, Sra. María.

Después de cenar, con la excusa de la basura, la Sra. María se cambia de zapatos, baja a la calle y se sienta sobre Solesilla.

– Es que no lo entiendo, me da pena. ¡Siempre tan solita..! Tanta soledad, Solesilla, no puede ser buena, te lo digo yo.

– No estoy sola, Sra. María, puede que no lo vea, pero después de usted, viene la Sra. Roberta con su pequeño chiwawa, el Sr. Ramón y el Sr. Agustín, Lili y sus amiguitas de clase, la Sra. Maribel, los García, el pequeño Eduardo con la Sra. Cristina, el niño de las rodillas siempre sucias, el Sr. Javier, el Quiosquero, Martín y su teléfono móvil, la novia de Martín, los Martínez… y hace solo un par de minutos estuvo conmigo Sofía, que se iba de fiesta con sus compañeros de clase. Todos ustedes y sus historias hacen que me sienta la silla más querida del mundo. No estoy sola, ustedes están conmigo, y eso me hace sentir especial.

– ¿Y quien dijo que no eras especial? Siempre lo has sido, Solesilla, pero nunca te lo has creído.

A los diez minutos, el Sr. Paco, impaciente, se asoma al balcón.

– ¡María! ¿Subes o no? Deja a la silla en paz ya de una vez, y sube a hacerme un café con leche, mujer.

– Mi Paco no sabe vivir sin mí, pobrecito. Que descanses, Solesilla.

– Hasta mañana, Sra. María, descanse usted también.

Solesilla*

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