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Archive for 6 enero 2008

[…] Porque hay dolores graves, respetables, comprensibles, cuyas heridas se cierran y acaban por secarse lo mismo que los hibiscos que un amanecer sorprende ya en el suelo, suelo ellos mismos, camino de ser yerba sobre la cicatriz. Pero hay otros dolores por cuyas amplias puertas deberíamos entrar para extraviarnos dentro, y multiplicar nuestro saber de muchas cosas que cambiarían nuestra vida. Dolores a los que nuestra falta de espíritu creador no proporciona las dimensiones que merecen, lo mismo que esos castillos a los que la noche hace crecer y que, para no impresionarnos demasiado, disminuimos de tamaño en nuestra percepción. Dolores ante los que entrecerramos los ojos como si dormitáramos, con la infantil esperanza de que, al reabrirlos, se hayan alejado y así sea más llevadero su tamaño. Dolores que no nos atrevemos a reconocer que se nos hayan asignado, porque sospechamos que no cabrían en ninguna de nuestras habitaciones, y, desde luego, no en nuestro corazón. Dolores cuyo atestado preferimos aplazar a otro día, a otra semana en que nos encontremos más rejuvenecidos. […]

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