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Archive for the ‘Literature’ Category

A mí lo que me gustaba era todo lo que venía de Hollywood, fueran películas de romanos o de vaqueros. Había una del oeste que nos gustaba especialmente; salía Richard Wirdmark en el papel de un sheriff que debe afrontar a la mañana siguiente un duelo que no tiene ninguna posibilidad de ganar; al anochecer llama a la puerta de Dorothy Malone, que le ha aconsejado huir, aunque él no le ha hecho caso. Ella abre la puerta. “¿Qué quieres? ¿Toda tu vida en una noche?” A veces, cuando yo llegaba rebosante de deseo, Hanna se burlaba de mí: “¿Qué quieres? ¿Toda tu vida en una hora?”.

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Feliz 2009!

Recuerdo que el año pasado, tal día como hoy, era jueves, y andábamos todos con esa sensación fronteriza que aparece en el final de las cosas. Por la mañana me fui a comprar bengalas y una nariz postiza y un matasuegras y un paquete de serpentina de colores y una barra de pan y un periódico. Al llegar a casa y sacudir el periódico para quitarle las migas de pan observé que se le caían también las letras, como si, en lugar de impresas, estuvieran pegadas. Sacudí hoja por hoja, y la mesa se convirtió en un momento en una sopa de letras. Me pareció que al deshacerse las noticias y los resúmenes del año se deshacía también la columna vertebral de mi existencia.

Por la noche, cuando dieron las doce, mientras los amigos lanzaban al aire confetis, yo tiré las letras, desprovistas de morfología y de sintaxis, con la alegría del que tira su vida por la ventana. Y es que el periódico de mi vida estaba en blanco, y los titulares de la primera página eran, por fin, responsabilidad mía. A las letras y a la vida les quitas la sintaxis y es como si le quitaras el espinazo a un animal o le practicaras al año un agujero en uno de sus extremos y le sacaras con unas pinzas la sustancia de las semanas y los meses: el año se encogería y a lo mejor en enero hacía calor, y en julio, frío.

O sea, que si sacudes este periódico, que es el último del 93, probablemente se le caerán las noticias y los resúmenes y los anuncios por palabras y las farmacias de guardia y la lista de los fallecidos ayer y el crucigrama, es decir, que se le vendrá abajo la morfología, y con la morfología se le irá al carajo la sintaxis, y entonces tú, con el periódico de tu existencia en blanco, te tomarás las uvas decidiendo los titulares de la primera página de mañana, que, si te lo propones, será también la primera de tu vida. La primera página de tu vida.

Feliz año.

Juan José Milllás

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“Me aparté, me entretuve leyendo una especie de adivinanza en una tumba cercana de 1914: “Cuantos hablan de mí no me conocen”, decía a lo largo de sus diez líneas corta (pero eran prosa), “y al hablar me calumnian; los que me conocen callan, y al callar no me defienden; así, todos me maldicen hasta que me encuentran, mas al encontrarme descansan, y a mí me salvan, aunque yo nunca descanso”. Lo leí varias veces hasta que comprendí que no era el muerto quien hablaba (‘León Suárez Alday 1890-1914’, rezaba la inscripción, un joven), sino la muerte misma, una extraña muerte que se quejaba de su mala fama y desconocimiento entre los vivos tan lenguaraces, una muerte que se resentía de la maledicencia y quería salvarse: cansada, más bien amigable y al fin conforme.”


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Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: ¿Platero? y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal…

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel…

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

-Tien’ asero…

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

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31 de agosto

“Sentado ante esta mesa, converso con ella. Le pregunto si he de ponerme el abrigo para salir. «Sí, cariño, es más seguro.» Pero sólo soy yo, que chocheo, imitando su acento. Me gustaría tenerla a mi lado, sentada y perfumada, con su vestido de seda negra. Si le hablase durante mucho rato, con paciencia, mirándola mucho, acaso recobrasen de repente sus ojos un poco de vida, por piedad, por amor materno. De sobra sé que no es verdad y sin embargo la idea me obsesiona”.

Fragmento de El libro de mi madre, de Albert Cohen.

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[…] Porque hay dolores graves, respetables, comprensibles, cuyas heridas se cierran y acaban por secarse lo mismo que los hibiscos que un amanecer sorprende ya en el suelo, suelo ellos mismos, camino de ser yerba sobre la cicatriz. Pero hay otros dolores por cuyas amplias puertas deberíamos entrar para extraviarnos dentro, y multiplicar nuestro saber de muchas cosas que cambiarían nuestra vida. Dolores a los que nuestra falta de espíritu creador no proporciona las dimensiones que merecen, lo mismo que esos castillos a los que la noche hace crecer y que, para no impresionarnos demasiado, disminuimos de tamaño en nuestra percepción. Dolores ante los que entrecerramos los ojos como si dormitáramos, con la infantil esperanza de que, al reabrirlos, se hayan alejado y así sea más llevadero su tamaño. Dolores que no nos atrevemos a reconocer que se nos hayan asignado, porque sospechamos que no cabrían en ninguna de nuestras habitaciones, y, desde luego, no en nuestro corazón. Dolores cuyo atestado preferimos aplazar a otro día, a otra semana en que nos encontremos más rejuvenecidos. […]

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